Hoy, como últimamente viene siendo costumbre, salgo sobre las 19:30 horas dispuesto a hacer un rodaje de los del martes, esto es, progresivo, según mi entrenamiento chusquero, de esos que me marco desde hace ya no sé cuanto tiempo.
El caso es que tengo un recorrido fijado para cuando no hay luz, es decir, para las tardes de invierno. Un recorrido que bordea la Tapia de la Casa de Campo pero por dentro, por la zona de los chalés de Somosaguas y que luego se dirige hacia la pista de atletismo de Valle de las Cañas, la de Pozuelo. Bien, pues a esas horas el cielo estaba lleno de nubes rojizas, que le daba una extraña iluminación a la noche, así que ni corto ni perezoso me he adentrado por la Casa de Campo pegado a la Tapia, con la intención de hacer el tramo que va desde la entrada de la Puerta de Rodajos hasta la de Somosaguas. Un trocito de poco más de un kilómetro, vaya, para luego reanudar la marcha tal y como describía antes.
Una vez en el camino tantas veces recorrido por estos pies, lo cierto es que se veía suficientemente, quizá porque acababa de anochecer, quizá por el reflejo de las luces de la ciudad sobre las nubes rojizas que tapizaban el cielo, a veces por la iluminación de los propios chalés, pero el caso es que le daba un aspecto fantasmagórico al trazado.
Los árboles, en la lejanía, parecían moverse a mi paso, escondiéndose unos tras otros según me acercaba o me alejaba. Mi propio jadeo resonaba diferente, dándole al paisaje un aire más angustioso, a veces lo tupido de las copas de los árboles oscurecían del todo el camino y el frío se hacia sentir con toda su intensidad.
Lo mejor es que al llegar a la curva esa donde comienzan unos toboganes, abandonando la pista paralela a la Tapia y el domingo pasado se armó el Belén, (siempre que vamos en grupo nos atacamos en ese punto) algo me ha hecho girar a la derecha y adentrarme en la oscuridad más absoluta con la esperanza de seguir con esa tenue iluminación que me empujaba a disfrutar de la noche y de la Casa de Campo (CdC) de una forma que hasta ahora desconocía.
Como en los cuentos infantiles, los árboles cobraban formas con brazos, que la poca luz existente hacia parecer que se movían. Pero mientras el ancho del camino se mantuviese vería lo suficiente como para no fastidiarme un tobillo y quedar a merced de los mil y un peligros que desde la vegetación me acechaban.
Claro, no podía ser tan estupendo todo. Ha llegado un momento en el que no veía un burro a tres pasos y reduciendo el ritmo he llegado hasta la pista de asfalto que está siempre cortada y llega hasta la Puerta de Somosaguas. Todo subida, pero abierta y suficientemente iluminada. Mis tobillos ya habían jugado lo suficiente a la ruleta rusa.
A mitad de camino hay una pequeña fuente, quizá unas de las pocas que existen en este magnífico parque de las cuales no he probado nunca ni gota de agua. Y yo, valiente de mi, aguerrido marine curtido en mil y una batallas, marchaba presto y triunfante, motivado por mi hazaña nocturna, cuando se me heló la sangre.
Esta vez iba en serio. Después de haber ululado yo mismo entre árboles, sintiéndome el rey de la oscuridad, el maligno, tocado por una fuerza oscura que me hacía correr seguro y poderoso entre la penumbra, aún a riesgo de romperme la crisma, pero con la certeza de que el amo del camino era yo, el dueño del misterio de la oscuridad era yo, ahora, casi me muero del susto. Ante mí, en esa fuente solitaria, hay un banquito. Y en ese banquito se hallaba una figura de un hombre sentado, con la cabeza ladeada, invisible tras un gorro de solapas tipo safari, un chaquetón oscuro y las manos entrelazadas sobre las piernas con unos guantes también oscuros. Todo era muy oscuro, joder, ¡Demasiado! Casi me da algo, cuando de detrás de él se incorpora un perro de grandes dimensiones que resultó ser un labrador color marrón y aspecto mansote, pero al levantarse se me antojó el mismísimo Cerberus, guardián de las puertas del infierno.
Como uno debe ser que nació para héroe, encorsetado en un pellejo débil y cochambroso como el que tengo, en vez de huir como alma que lleva el diablo, ni corto ni perezoso, sin dudarlo, me dirigí a ese hombre a saciar mi duda, más que nada porque no eran horas de estar tomando el fresco en un banquito alejado de la manos Dios.
- La curiosidad es la que mata a la chica en las películas de miedo. Pensaba. Pero bueno…
El hombre de unos cuarenta y largos, más o menos, no reaccionó a mi tímida pregunta de si se encontraba bien. Cuando me dirigía a buscarle el pulso mientras volvía a preguntarle por segunda vez, abrió los ojos y se asustó al verme. ¡¡La madre que lo parió!! Dije. A mi también me asustó. Que le vamos a hacer.
Que qué hora era. Que quién era yo. Que dónde estaba su perro…
En fin, que dando una vuelta, como siempre, se sentó hacía unos 20 minutos, mientras su perro hacía sus cosas, y se quedó dormido.
- Pero ¿Cómo es posible que usted se haya dormido con el frío que hace, así tan campante?
- Padezco narcolepsia. Fue su respuesta.
Yo tenía un compañero que no podía realizar su trabajo en condiciones porque padecía la misma enfermedad. ¡Se dormía en los semáforos! ¡Incluso en las emergencias! Desde entonces está en oficinas. Le llamamos Gusi-Luz.
La crueldad con Gusi, aunque fuese en broma, me ha sido devuelta con la misma moneda. El susto aún me dura.
A unos 100 metros está la Puerta de Somosaguas. Me aseguré medio escondido, por no decir que escondido del todo, que este incauto tío, que podía haberse quedado helado allí dormido, entraba al menos hacia su chalet, casa o siquiera su coche y se fuese con su perro a dormirse a otra parte donde yo no me sintiese su ángel de la guardia.
Diez minutos debieron pasar en total cuando seguí mi marcha, ya por asfalto, entre coches y a la luz de las farolas. Cualquier día de estos repetiré recorrido.
La oscuridad de la Casa de Campo me ha atrapado, como atrapado me tiene el día. Sus caminos, siendo los mismos, dicen distintas cosas que por las mañanas. Tienen secretos que poco a poco os iré contando.
Buenas noches y felices sueños.
“Mildolores”
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Rodaje nocturno…
Interesante artículo en el que el autor describe con todo lujo de detalles las rutas por las que entrena al anochecer….